Vivimos en un mundo acostumbrado a la inmediatez. Nos impacientamos cada vez más. Mensajes instantáneos, comida rápida, conexión 24 horas. Nos saturamos de información del exterior y queda poco tiempo para pensar. Siempre hay algo mejor, siempre hay algo más urgente, siempre hay una entrega.
Atravesamos parterres que se cruzan en nuestro camino, cruzamos la calle por la mitad para no tener que caminar hasta el paso de peatones, constantemente buscamos atajos, hacemos trampas. Muchas veces se nos olvida contemplar, pararnos a mirar detenidamente lo que está a nuestro alrededor, ver arquitectura en lugar de edificios, ver personas en lugar de gente. Deberíamos esforzarnos por levantar la cabeza y desconectar de lo virtual, al menos durante una hora. Incluso evitar el selfie "aquí, contemplando". Antes se vivía bien sin compartir cada momento de nuestra vida, resulta que es posible dar un paseo sin comunicárselo a las redes, sentarnos en un banco sin hablar por Whatsapp, ver un atardecer sin subir la foto. Quizás nos parece raro, pero después de esa pausa nuestro cerebro lo agradecerá. No se trata de aislarse, se trata de buscar un equilibrio. Reservar un tiempo a la semana para uno mismo, a solas con sus propios pensamientos. Por eso es tan necesario diseñar zonas de descanso real, donde todo con lo que podamos conectar sea el entorno que nos rodea como espacios ultraconectados, con pantallas LED, enchufes y wi-fi a raudales.
Porque aunque tenemos demasiada prisa
para leer completa la última entrada en un blog, la sensación nunca será igual que
disfrutar de un buen libro al sol.
Ya sea como en la Nave 1 de Matadero, para no perder la memoria del matadero original, en la Tabacalera, porque al parecer no había dinero más que para limpiar lo justo, o en un bar de Malasaña, donde probablemente su objetivo sea atraer al público más hipster, la cuestión es que lo cutre está de moda.
Inacabado, reaprovechado, antiguo, vintage.
Mi teoría es que, como todas las modas, aparece como reacción a la anterior. Antes lo mejor era la bicromía, los espacios impolutos y las líneas puras. Sin embargo, creo que nos hemos dado cuenta de que nos encontramos más relajados en espacios que podemos habitar sin miedo a romper o manchar algo. Porque, al fin y al cabo, solemos estar más a gusto en casa de nuestra abuela que en un quirófano. Ahora se trata de traer la casa de la abuela a la actualidad. Y no digo mediante imitación, sino literalmente rescatar muebles de los 80, 70 o hasta de los años 60 para decorar nuestro espacio y hacerlo más hogareño.
Materiales, instalaciones, desorden, color.
Parece que éstos nos atraen más que la frialdad del blanco y negro, de las superficies brillantes, de las líneas continuas.
Se lleva enseñarlo todo, como si hubiera confianza, con sinceridad. Ladrilllo visto, suelo agrietado, tubos vistos y cada silla de una forma. Porque, como dijo una amiga el otro día, "se lleva lo cutre". Es el paraíso para un estudiante de arquitectura: construcción, instalaciones y estructuras mientras se toma un café cuya fotografía irá directa a las redes sociales.
Realmente la situación es parecida a la que se da en las peñas de los pueblos: uno lleva el viejo sofá de su abuela, el otro las sillas que su tía iba a tirar y aquel una mesa que ya no quería. Se acaba juntando una mezcla extraña sin ningún tipo de estilo. La gran diferencia es que con cuidado y con mimo una vieja peña se puede convertir en una agradable sala de lo más hipster.
El cuidado en lo descuidado es lo que hace que algo así sea bello, agradable, y hasta interesante.
Estaba yo pensando que qué
bonito es ser cargadero. Sí, imaginadlo.
Estar siempre ahí, inalterable, aguantando, se te va la vida en ello. Ves a la
gente pasar, contentos o tristes, guapos o feos, no importa, tu trabajo es muy
importante. Sin ti el hueco se desmoronaría o ni siquiera habría hueco. Permites que entre la luz, el
aire o las personas, dependiendo de si eres un cargadero de ventana o de
puerta. Llevas tu labor con elegancia y discreción, mucha gente ni se da cuenta
de que estás ahí. Otras veces, sin embargo, te gusta destacar y llamar la
atención porque, a fin de cuentas, quieres que tu esfuerzo se valore. Entonces eliges
ser un dintel en condiciones, como esos de los que hablan los libros de Historia,
como el dintel que fue un día tu tatarabuelo. Tienes amigos de acero, de
piedra y de hormigón, todos con la misma misión: soportar el peso de la
fachada. Con el tiempo también te haces amigo de los ladrillos que llevas
encima, ya sabéis lo que dicen, "el roce hace el cariño", y te das
cuenta de que aunque no se puedan sujetar a sí mismos, trabajando en conjunto
pueden llegar a formar verdaderas maravillas. Incluso si se esfuerzan mucho
pueden formar arcos, y recuerdas de las historietas que te contaba tu
tatarabuelo sobre las curvas que vio en su juventud. Ahora los ladrillos han
perdido la costumbre de juntarse en arcos, prefieren que les ayudes a que
parezca que flotan. Si bien es cierto que pierdes protagonismo, y que ya no se
ven curvas como las de antes, tu trabajo sigue siendo vital. El Movimiento
Moderno realmente os dio más trabajo, más fachada que sujetar, mayor
discreción, pero el orgullo que se siente al decir "puedo soportar el peso
de la fachada de lado a lado" es inigualable. Es una profesión dura, pero
como todas las profesiones duras, la satisfacción al hacer que alguien pueda
pasar por debajo o pueda ver un paisaje en toda su extensión, es enorme.
Defectos,
esos pequeños errores, detalles que no nos gustan, de algo ajeno o de nosotros
mismos, eso que sabemos que debería cambiar para ser mejor, y, a pesar de nuestros
eternos esfuerzos, no siempre desaparecen.
La definición
de “defecto” (del latín defectus), según
la RAE, tiene tres acepciones:
1.m. Carencia
de alguna cualidad propia de algo.
2.m. Imperfección en algo o
en alguien.
3.m.pl. Impr. Pliegos que sobran o
faltan en el número completo de la tirada.
“Imperfección”.
¿Existe realmente algo perfecto a nuestro alcance? ¿Algo que no carezca de alguna
cualidad? Y, de todas formas, ¿qué es la perfección?
La RAE
define perfección como “acción de
perfeccionar”, “cualidad de perfecto” o “cosa perfecta”. Cierto, a veces los
diccionarios no sirven para nada. Yo definiría perfección como “ausencia de
defectos”.
Generalmente,
buscamos la perfección sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que nos atrae
es la imperfección. Nos damos cuenta sólo con pararnos a pensar en la rabia, e
incluso rechazo, que nos produce la gente que, aparentemente, lo hace todo
bien. Y aun así, nuestra meta es la ausencia de defectos.
Os digo
por experiencia que ser perfeccionista es un defecto. Suena contradictorio,
pero es totalmente cierto.
Ser perfeccionista
ha sido mi sino desde pequeña. Hay testigos de cómo intentaba copiar hasta el más
mínimo detalle los deberes de caligrafía y de la rabia que me daba (y me da)
tener una arruga en el calcetín.
Todo esto
para llegar a darme cuenta de que, como me decía hoy una amiga, “la belleza
está en la imperfección”. Si no que se lo digan a Mies van der Rohe, la personificación
de la máxima perfección. El dibujar, medir, calcular hasta que la obra era
perfecta. Y, a pesar de todos sus esfuerzos, lo que más me atrae de su pabellón
de Barcelona es lo imperfecto, lo natural, lo inalterable. El travertino,
rebelde, se niega a ceder ante el perfeccionismo de Mies para ser diferente y,
al hacerlo, destaca con más fuerza todavía la grandiosidad del mármol pulido, la
rectitud de los pilares continuos y la excelencia de la obra en su conjunto.
El “defecto”
que completa la obra. La necesidad de ser imperfectamente perfectos.
Llevo tiempo queriendo escribir sobre este tema, pero no encontraba la
forma de hacerlo, de introducirlo ni estaba segura de cómo expresar todo lo que
quería decir.
Hace unos días me crucé con este
vídeo. Una mujer, Katie Makkai, recitando su poema “Pretty” en el National
Poetry Slam de 2002 en Estados Unidos.
En este poema queda bastante bien resumido lo que pienso y no se me
ocurre nada mejor que decir ni mejor forma de expresarlo. Únicamente añadir que
no creo que la presión por agradar físicamente sea sólo aplicable a mujeres,
sino también a hombres.
Aquí os dejo el vídeo, la transcripción y la traducción (la
traducción la he escrito yo, así que si veis algún error, perdonadme, por
favor).
Enjoy,
Pretty
When I was just a little girl, I asked my mother
“What will I be? Will I be pretty? Will
I be pretty? Will I be pretty?”
What comes next? Oh right! “Will I be rich?”
which is almost pretty depending on where you shop. And the pretty question infects from
conception passing blood and breath into cells. The word hangs from our
mothers’ hearts in a shrill of fluorescent floodlight of worry.
“Will I be wanted? Worthy? Pretty?” But puberty
left me this funhouse mirror dryad: teeth set at science fiction angles,
crooked nose, face donkey-long, and pockmarked where the hormones went
finger-painting my poor mother.
“How could this happen? You’ll have porcelain
skin as soon as we can see a dermatologist. You sucked your thumb, that’s why
your teeth look like that! You were hit in the face with a Frisbee when you
were six, otherwise your nose would have been fine! Don’t worry, we’ll get it
all fixed” she would say grasping my face, twisting it this way, then that as
if it were a cabbage she might buy.
But, this is not about her, nor her fault. She,
too, was raised to believe the greatest asset she could bestow upon her awkward
little girl was a marketable façade.
By sixteen I was pickled by ointments,
medications, peroxides. Teeth corralled into steel prongs, lying in a hospital
bed. Face packed with gauze, cushioning the brand new nose the surgeon had
carved. Belly gorged on two pints of my own blood I had swallowed under
anesthesia, and every convulsive twist of my gut, like my body screaming at me
from the inside out “What did you let them do to you?” All the while, this
never ending chorus groaning on and on like the IV needle dripping liquid
beauty into my blood: “Will I be pretty?
Will I be pretty?” Like my mother, unwrapping the gift wrap to reveal
the bouquet of daughter her 10,000 dollars bought her? Pretty? Pretty.
And now I have not seen my own face in ten
years. I have not seen my own face in ten years, but this is not about me!
This is about the self-mutilating circus we have
painted ourselves clowns in. About women who will prowl thirty stores in six
malls to find the right cocktail dress, but who haven’t a clue where to find
fulfillment or how to wear joy, wandering through life shackled to a shopping
bag, beneath the tyranny of those two “pretty” syllables. About men, wallowing
on bar stools drearily practicing attraction and everyone who will drift home
tonight crestfallen because not enough strangers found you suitable fuckable.
This, this is about my own some-day daughter.
When you approach me, already stung-stayed with insecurity, begging, “Mom, will
I be pretty? Will I be pretty? ” I will wipe that question from your mouth like
cheap lipstick and answer “no”. The word pretty is unworthy of everything you
will be, and no child of mine will be contained in five letters. You will be
pretty intelligent, pretty creative, pretty amazing, but you will never be
merely “pretty.”
Katie Makkai
Traducción:
Guapa
Cuando era
solamente una niña, pregunté a mi madre “¿Qué seré? ¿Seré guapa? ¿Seré guapa? ¿Seré
guapa?”
¿Qué viene después?
¡Ah, sí! “¿Seré rica?” Lo cual es casi lo mismo que guapa dependiendo de dónde compres. Y la pregunta de guapa
infecta desde la concepción transformando sangre y aire en células. La palabra
cuelga de los corazones de nuestras madres en un aluvión de intensa luz fluorescente
de preocupación.
“¿Seré deseada?
¿Mereceré la pena? ¿Seré guapa?” Pero la pubertad me dejó esta dríada como de
espejo de casa de la risa: dientes torcidos en ángulos de ciencia ficción,
nariz torcida, cara de caballo [dice de burro pero se refiere a lo que llamamos
cara de caballo] y picada donde las hormonas habían pintado con los dedos a mi
pobre madre.
“¿Cómo ha
podido pasar esto? Tendrás piel de porcelana tan pronto como podamos ver a un
dermatólogo. Te chupabas el dedo, ¡por eso tienes los dientes así! Te dieron
con un frisbee en la cara cuando tenías seis años, ¡si no tu nariz hubiera
estado perfecta!” decía cogiendo mi cara, girándola a este lado, luego al otro
como si fuera un repollo que fuera a comprar.
Pero, esto no
va sobre ella, ni es su culpa. Ella, también, fue educada para creer que el
mayor recurso que podía conceder a su hija era una fachada vendible.
A los dieciséis
estaba adobada de pomadas, medicamentos, peróxidos. Los dientes acorralados en
puntas de acero, tumbada en la cama de un hospital. La cara llena de gasas, protegiendo
la nueva nariz que el cirujano había esculpido. La tripa atiborrada con dos
pintas de mi propia sangre que había tragado bajo los efectos de la anestesia,
y cada giro convulso de mis entrañas, como si mi cuerpo gritara desde dentro a
fuera “¿Qué les has dejado hacer?” Mientras tanto, el quejido interminable del
coro como el gotear de líquido de belleza de la aguja a mi sangre: “¿Seré
guapa? ¿Seré guapa?” Como mi madre, quitando el papel de regalo para revelar el
ramillete de hija que sus 10.000 dólares le habían comprado. ¿Guapa? Guapa.
Y no he visto
mi propia cara en diez años. No he visto mi propia cara en diez años, ¡pero
esto no es sobre mí!
Esto es sobre
el circo auto-mutilante en que nosotras nos hemos pintado como payasos. Sobre
mujeres que rondarán treinta tiendas en seis centros comerciales para encontrar
el vestido de cóctel adecuado, pero que no tienen ni idea de dónde encontrar
satisfacción o cómo llevar la felicidad, vagando por la vida encadenadas a una
bolsa de la compra, bajo la tiranía de esas dos sílabas de “guapa”. Sobre
hombres regodeándose en taburetes de bar, tristemente generando atracción y
todas las que volverán vagando alicaídas a casa esta noche porque insuficientes
extraños las encontraron convenientemente follables.
Esto, esto es
sobre mi propia hija algún día. Cuando vengas a mí, ya pinchada con
inseguridad, implorando “Mamá, ¿seré guapa? ¿Seré guapa?”. Te limpiaré esa
pregunta de la boca como pintalabios barato y contestaré “no”. La palabra guapa
es desmerecedora de todo lo que serás, y ninguna hija mía estará contenida en
cinco letras. Serás verdaderamente inteligente, verdaderamente creativa,
verdaderamente sorprendente, pero nunca serás meramente “guapa” [hace un juego
de palabras con los significados de “pretty”]