Defectos,
esos pequeños errores, detalles que no nos gustan, de algo ajeno o de nosotros
mismos, eso que sabemos que debería cambiar para ser mejor, y, a pesar de nuestros
eternos esfuerzos, no siempre desaparecen.
La definición
de “defecto” (del latín defectus), según
la RAE, tiene tres acepciones:
“Imperfección”.
¿Existe realmente algo perfecto a nuestro alcance? ¿Algo que no carezca de alguna
cualidad? Y, de todas formas, ¿qué es la perfección?
La RAE
define perfección como “acción de
perfeccionar”, “cualidad de perfecto” o “cosa perfecta”. Cierto, a veces los
diccionarios no sirven para nada. Yo definiría perfección como “ausencia de
defectos”.
Generalmente,
buscamos la perfección sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que nos atrae
es la imperfección. Nos damos cuenta sólo con pararnos a pensar en la rabia, e
incluso rechazo, que nos produce la gente que, aparentemente, lo hace todo
bien. Y aun así, nuestra meta es la ausencia de defectos.
Os digo
por experiencia que ser perfeccionista es un defecto. Suena contradictorio,
pero es totalmente cierto.
Ser perfeccionista
ha sido mi sino desde pequeña. Hay testigos de cómo intentaba copiar hasta el más
mínimo detalle los deberes de caligrafía y de la rabia que me daba (y me da)
tener una arruga en el calcetín.
Todo esto
para llegar a darme cuenta de que, como me decía hoy una amiga, “la belleza
está en la imperfección”. Si no que se lo digan a Mies van der Rohe, la personificación
de la máxima perfección. El dibujar, medir, calcular hasta que la obra era
perfecta. Y, a pesar de todos sus esfuerzos, lo que más me atrae de su pabellón
de Barcelona es lo imperfecto, lo natural, lo inalterable. El travertino,
rebelde, se niega a ceder ante el perfeccionismo de Mies para ser diferente y,
al hacerlo, destaca con más fuerza todavía la grandiosidad del mármol pulido, la
rectitud de los pilares continuos y la excelencia de la obra en su conjunto.
El “defecto”
que completa la obra. La necesidad de ser imperfectamente perfectos.
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