23 octubre 2013

Perfectamente Imperfecto



Defectos, esos pequeños errores, detalles que no nos gustan, de algo ajeno o de nosotros mismos, eso que sabemos que debería cambiar para ser mejor, y, a pesar de nuestros eternos esfuerzos, no siempre desaparecen. 
                  
La definición de “defecto” (del latín defectus), según la RAE, tiene tres acepciones:
       
1. m. Carencia de alguna cualidad propia de algo.
        
2. m. Imperfección en algo o en alguien.
       
3. m. pl. Impr. Pliegos que sobran o faltan en el número completo de la tirada.
          
Imperfección”. ¿Existe realmente algo perfecto a nuestro alcance? ¿Algo que no carezca de alguna cualidad? Y, de todas formas, ¿qué es la perfección?
            
La RAE define perfección como “acción de perfeccionar”, “cualidad de perfecto” o “cosa perfecta”. Cierto, a veces los diccionarios no sirven para nada. Yo definiría perfección como “ausencia de defectos”. 
                                    
Generalmente, buscamos la perfección sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que nos atrae es la imperfección. Nos damos cuenta sólo con pararnos a pensar en la rabia, e incluso rechazo, que nos produce la gente que, aparentemente, lo hace todo bien. Y aun así, nuestra meta es la ausencia de defectos. 
                       
                                
Os digo por experiencia que ser perfeccionista es un defecto. Suena contradictorio, pero es totalmente cierto.                      
                           
Ser perfeccionista ha sido mi sino desde pequeña. Hay testigos de cómo intentaba copiar hasta el más mínimo detalle los deberes de caligrafía y de la rabia que me daba (y me da) tener una arruga en el calcetín. 
                          
 
                              
Todo esto para llegar a darme cuenta de que, como me decía hoy una amiga, “la belleza está en la imperfección”. Si no que se lo digan a Mies van der Rohe, la personificación de la máxima perfección. El dibujar, medir, calcular hasta que la obra era perfecta. Y, a pesar de todos sus esfuerzos, lo que más me atrae de su pabellón de Barcelona es lo imperfecto, lo natural, lo inalterable. El travertino, rebelde, se niega a ceder ante el perfeccionismo de Mies para ser diferente y, al hacerlo, destaca con más fuerza todavía la grandiosidad del mármol pulido, la rectitud de los pilares continuos y la excelencia de la obra en su conjunto. 
                                             
El “defecto” que completa la obra. La necesidad de ser imperfectamente perfectos. 
                                      

09 abril 2013

Guapa



Llevo tiempo queriendo escribir sobre este tema, pero no encontraba la forma de hacerlo, de introducirlo ni estaba segura de cómo expresar todo lo que quería decir.
 Hace unos días me crucé con este vídeo. Una mujer, Katie Makkai, recitando su poema “Pretty” en el National Poetry Slam de 2002 en Estados Unidos.
En este poema queda bastante bien resumido lo que pienso y no se me ocurre nada mejor que decir ni mejor forma de expresarlo. Únicamente añadir que no creo que la presión por agradar físicamente sea sólo aplicable a mujeres, sino también a hombres.
Aquí os dejo el vídeo, la transcripción y la traducción (la traducción la he escrito yo, así que si veis algún error, perdonadme, por favor).
Enjoy, 









Pretty

When I was just a little girl, I asked my mother “What will I be? Will I be pretty?  Will I be pretty? Will I be pretty?”

What comes next? Oh right! “Will I be rich?” which is almost pretty depending on where you shop.  And the pretty question infects from conception passing blood and breath into cells. The word hangs from our mothers’ hearts in a shrill of fluorescent floodlight of worry.

“Will I be wanted? Worthy? Pretty?” But puberty left me this funhouse mirror dryad: teeth set at science fiction angles, crooked nose, face donkey-long, and pockmarked where the hormones went finger-painting my poor mother.

“How could this happen? You’ll have porcelain skin as soon as we can see a dermatologist. You sucked your thumb, that’s why your teeth look like that! You were hit in the face with a Frisbee when you were six, otherwise your nose would have been fine! Don’t worry, we’ll get it all fixed” she would say grasping my face, twisting it this way, then that as if it were a cabbage she might buy.

But, this is not about her, nor her fault. She, too, was raised to believe the greatest asset she could bestow upon her awkward little girl was a marketable façade.

By sixteen I was pickled by ointments, medications, peroxides. Teeth corralled into steel prongs, lying in a hospital bed. Face packed with gauze, cushioning the brand new nose the surgeon had carved. Belly gorged on two pints of my own blood I had swallowed under anesthesia, and every convulsive twist of my gut, like my body screaming at me from the inside out “What did you let them do to you?” All the while, this never ending chorus groaning on and on like the IV needle dripping liquid beauty into my blood: “Will I be pretty?  Will I be pretty?” Like my mother, unwrapping the gift wrap to reveal the bouquet of daughter her 10,000 dollars bought her? Pretty? Pretty.

And now I have not seen my own face in ten years. I have not seen my own face in ten years, but this is not about me!

This is about the self-mutilating circus we have painted ourselves clowns in. About women who will prowl thirty stores in six malls to find the right cocktail dress, but who haven’t a clue where to find fulfillment or how to wear joy, wandering through life shackled to a shopping bag, beneath the tyranny of those two “pretty” syllables. About men, wallowing on bar stools drearily practicing attraction and everyone who will drift home tonight crestfallen because not enough strangers found you suitable fuckable.

This, this is about my own some-day daughter. When you approach me, already stung-stayed with insecurity, begging, “Mom, will I be pretty? Will I be pretty? ” I will wipe that question from your mouth like cheap lipstick and answer “no”. The word pretty is unworthy of everything you will be, and no child of mine will be contained in five letters. You will be pretty intelligent, pretty creative, pretty amazing, but you will never be merely “pretty.” 


Katie Makkai





Traducción:

Guapa


Cuando era solamente una niña, pregunté a mi madre “¿Qué seré? ¿Seré guapa? ¿Seré guapa? ¿Seré guapa?”

¿Qué viene después? ¡Ah, sí! “¿Seré rica?” Lo cual es casi lo mismo que guapa dependiendo  de dónde compres. Y la pregunta de guapa infecta desde la concepción transformando sangre y aire en células. La palabra cuelga de los corazones de nuestras madres en un aluvión de intensa luz fluorescente de preocupación.

“¿Seré deseada? ¿Mereceré la pena? ¿Seré guapa?” Pero la pubertad me dejó esta dríada como de espejo de casa de la risa: dientes torcidos en ángulos de ciencia ficción, nariz torcida, cara de caballo [dice de burro pero se refiere a lo que llamamos cara de caballo] y picada donde las hormonas habían pintado con los dedos a mi pobre madre.

“¿Cómo ha podido pasar esto? Tendrás piel de porcelana tan pronto como podamos ver a un dermatólogo. Te chupabas el dedo, ¡por eso tienes los dientes así! Te dieron con un frisbee en la cara cuando tenías seis años, ¡si no tu nariz hubiera estado perfecta!” decía cogiendo mi cara, girándola a este lado, luego al otro como si fuera un repollo que fuera a comprar.

Pero, esto no va sobre ella, ni es su culpa. Ella, también, fue educada para creer que el mayor recurso que podía conceder a su hija era una fachada vendible.

A los dieciséis estaba adobada de pomadas, medicamentos, peróxidos. Los dientes acorralados en puntas de acero, tumbada en la cama de un hospital. La cara llena de gasas, protegiendo la nueva nariz que el cirujano había esculpido. La tripa atiborrada con dos pintas de mi propia sangre que había tragado bajo los efectos de la anestesia, y cada giro convulso de mis entrañas, como si mi cuerpo gritara desde dentro a fuera “¿Qué les has dejado hacer?” Mientras tanto, el quejido interminable del coro como el gotear de líquido de belleza de la aguja a mi sangre: “¿Seré guapa? ¿Seré guapa?” Como mi madre, quitando el papel de regalo para revelar el ramillete de hija que sus 10.000 dólares le habían comprado. ¿Guapa? Guapa.

Y no he visto mi propia cara en diez años. No he visto mi propia cara en diez años, ¡pero esto no es sobre mí!

Esto es sobre el circo auto-mutilante en que nosotras nos hemos pintado como payasos. Sobre mujeres que rondarán treinta tiendas en seis centros comerciales para encontrar el vestido de cóctel adecuado, pero que no tienen ni idea de dónde encontrar satisfacción o cómo llevar la felicidad, vagando por la vida encadenadas a una bolsa de la compra, bajo la tiranía de esas dos sílabas de “guapa”. Sobre hombres regodeándose en taburetes de bar, tristemente generando atracción y todas las que volverán vagando alicaídas a casa esta noche porque insuficientes extraños las encontraron convenientemente follables.

Esto, esto es sobre mi propia hija algún día. Cuando vengas a mí, ya pinchada con inseguridad, implorando “Mamá, ¿seré guapa? ¿Seré guapa?”. Te limpiaré esa pregunta de la boca como pintalabios barato y contestaré “no”. La palabra guapa es desmerecedora de todo lo que serás, y ninguna hija mía estará contenida en cinco letras. Serás verdaderamente inteligente, verdaderamente creativa, verdaderamente sorprendente, pero nunca serás meramente “guapa” [hace un juego de palabras con los significados de “pretty”]


Katie Makkai

09 marzo 2013

Ikea en Villa Rotonda_E.1

Primera entrega de Proyectos IV 
La entrega consistía en amueblar la Villa Rotonda de Palladio, en Vicenza, con muebles de Ikea para un número impar de familias o de personas. Se trataba de entender el espacio que cada persona necesita para moverse en su vida cotidiana, cómo conseguir intimidad en un espacio compartido y reflexionar sobre la vivienda colectiva.
Yo elegí hacerlo para siete familias. 













05 marzo 2013

El Hormigón Tiene Sentimientos


Hoy llueve a mares. Dicen que nunca llueve a gusto de todos. Algunos adoran la lluvia mientras para otros un día lluvioso es equivalente a un mal día. Personalmente prefiero los días soleados pero la lluvia tampoco me desagrada. Cuando vives en un sitio en el que llueve el 90% de los días del año terminas por acostumbrarte al gris. El día que se van las nubes y aparece el cielo azul es motivo de celebración y momento en el que te planteas de qué color pintarán el cielo los niños del lugar.
               

¿Es tan malo el gris?

El gris es un color lleno de matices, a veces hasta ambiguo. El color de un día nublado y el color del hormigón.

Norman Foster dice que no le gusta el hormigón porque se moja y se ensucia, no mantiene una imagen constante en el tiempo. Sin embargo, ¿no es precisamente esa la belleza de la vida y de la arquitectura?  Los pequeños matices y el paso del tiempo forman el carácter de una persona y determinan la imagen de un edificio.  

Cuando llueve, el hormigón se moja, aparecen las lágrimas, las manchas, los contrastes. Aparece sobre él el paso del tiempo: por la prolongación de las manchas se puede saber cuánto tiempo lleva lloviendo. Una vez que las manchas se secan no llegan a desaparecer del todo, el agua deja un residuo en el hormigón que pasa de ser parte del edificio.         
                                 
No podemos evitar el paso del tiempo porque es intrínseco a nuestra existencia. Por lo tanto, ¿no deberíamos asumirlo y disfrutar del camino? ¿Recordar que ha llovido pero aprender a secarnos? ¿Asumir las manchas que deja el agua y, sencillamente, aceptar el paso del tiempo con sus cambios?